HOMILÍA
del 17 de noviembre de 2009

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Nos encontramos en la Capilla que desde 1830 contiene las reliquias de San Vicente de Paúl. Para nosotros que formamos parte de la A.M.M, ¿en qué nos concierne?

De hecho nos sentimos más unidos a la Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, de la calle del Bac, el lugar en que María se apareció a Santa Catalina Labouré, el lugar donde le reveló su Medalla. Ese lugar donde nos reunimos esta semana, es la Casa Madre de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Pero antes de las apariciones de la Virgen María, es bueno recordar cómo Sor Catalina conoció a San Vicente. Granjera en Fain-les-Moutiers donde iremos el miércoles, a menudo iba a rezar a la parroquia, incluso en invierno. Una noche tuvo un sueño. En la iglesia de Fain, un sacerdote anciano, revestido con los ornamentos sagrados, celebra la misa. Terminada la ceremonia, se vuelve y le hace una seña para que se acerque. Catalina, asustada, se aleja… pero el sueño continúa. Se encuentra ahora a la cabecera de un enfermo y allí estaba también el anciano sacerdote que le dice: “Hija mía, está bien cuidar a los enfermos. Ahora huyes de mí, pero llegará un día en que te considerarás dichosa de venir conmigo. Dios tiene sus designios sobre ti, ¡no lo olvides!”. Entonces se despertó, y vio que sólo era un sueño cuyo significado ignoraba todavía.

En Châtillon había una casa de Hijas de la Cariada. En una ocasión visitó la comunidad para hablar con la Superiora de su posible vocación y pedirle consejo. Al entrar al recibidor, Catalina se sobrecogió al ver el retrato perfectamente parecido al sacerdote que vio en su sueño. Preguntó su nombre y cuando supo que era San Vicente de Paúl, el misterio se esclareció y lo tomó como una llamada.  Y a principios del año 1830, con el consentimiento de su padre, entró como postulante en la comunidad de las Hermanas de Châtillon.

El 21 de abril de 1830, después de esta prueba de tres meses, llegó al noviciado de la calle del Bac, en Paris. Tiene veinticuatro años. Desde su llegada al seminario, Sor Catalina tiene el gozo de participar con las otras “hermanitas” a una magnífica ceremonia. Reposando, como ahora, en un relicario de plata ofrecido por la diócesis de Paris, el cuerpo de San Vicente de Paul, escondido durante la Revolución, fue transportado solemnemente de Notre Dame a la nueva capilla de los Padres Paúles, aquí mismo, calle de Sèvres, acompañado de una multitud inmensa.

Ochocientas Hijas de la Caridad precedían el relicario, doscientas los seguían con grupos de niños. Las Hermanas del Seminario eran naturalmente las protagonistas. Sor Catalina, feliz, seguía a aquel que no hacía mucho la había llamado al servicio del Dios de la Caridad. Su sueño se realizó al pie de la letra. Esta gran corriente de oración se intensificó durante nueve días delante del relicario. Las novicias participan. Al volver a la calle del Bac, Sor Catalina vio el corazón del Santo. “Se me apareció tres veces de manera diferente, tres días consecutivos: blanco, color de carne, lo que anunciaba la paz, la tranquilidad, la inocencia y la misión; y después  rojo fuego, el que debe encender la caridad en los corazones; y después lo ví rojo oscuro: esto llenaba de tristeza el corazón, esta tristeza se refería al cambio de gobierno”.  

Tres meses más tarde, el Rey Carlos X fue derrocado y Francia se libró a los horrores de la revolución. Por su parte, Catalina aporta humildemente a su Comunidad una buena voluntad y un deseo ardiente de servir a los pobres, miembros sufrientes de Jesucristo. Ella ama a la Virgen María y desea verla. En el silencio del seminario, confiada, la joven Hermana espera. Es allí que será favorecida de las maravillosas apariciones que ya conocemos.

Como Santa Catalina, hagamos hoy nuestra peregrinación delante del Fundador de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Más tarde, pasó toda su vida al cuidado de los ancianos. En nuestra época esta tarea es muy importante. Entre nuestros asociados hay muchas personas que necesitan corporal y espiritualmente una presencia.

Para ellos y para nosotros, María nos invita a dar la vuelta a la medalla para ver la imagen divina de Cristo en los seres humanos que nos rodean. María nos da el sentido de la Iglesia y de su Misión. Nos invita a la conversión de corazones a ejemplo de los dos corazones que están en la medalla. Ya en su tiempo, San Vicente de Paúl lo había comprendido bien, como también Santa Luisa de Marillac. Ahora nos corresponde a nosotros  continuar esta magnifica misión. Nosotros que celebramos este año el 350 aniversario de su partida al cielo.

 

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