HOMILÍA
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Enrique Rivas Siempre impresiona escuchar las palabras de Jesús: “Yo soy cualquiera a quien tú, con amor, des de comer, de beber o le vistas”. Señor, ¿estás tú en el hermano? La afirmación de respuesta es rotunda: Sí, soy yo. No sé si a vosotros os ocurre, pero a mí, este texto siempre me deja impactado, en la profundidad de lo que significa, y en el programa que me traza hacia adelante. Son muchas las preguntas que sugiere y los caminos que dibuja. No se puede pasar a la ligera por ellos. A cualquiera que celebrase la misa votiva de Santa Catalina Labouré, le chocaría que siendo ella la testigo de un hecho tan extraordinario como es poder ver a la Madre de Jesús, y haber podido pasar horas dialogando con Ella, al recordarla la Iglesia por medio de un texto evangélico, en la liturgia, lo hiciese con uno que aparentemente no recuerda para nada los grandes acontecimientos que ella vivió. Solemos decir que su santidad o fidelidad a Dios la expresó en los 46 años de servicio callado a los ancianos en el Hospicio de Reully. Y es cierto. Pero nosotros ciertamente no sabemos separar esos años de su vivencia vocacional como Hija de la Caridad de lo que antes ella había vivido en 1830 en la Capilla de la rue du Bac. Es más, en el corazón decimos que aquello fue lo que le llevó al servicio lleno de amor y humildad que realizó a Cristo, vivo en la persona de aquellos ancianos pobres. Y si me dejáis apurar un poquito más las cosas, yo diría que Catalina fue capaz de vivir y hacer todo lo que hizo, porque un día, en esta humilde iglesia de Fain se convirtió en hija de Dios en el más sorprendente de los ritos que puede vivir un hombre, el Bautismo. No hay nada que se pueda comparar a ese gesto. Todos los otros gestos y ritos son buenos, transmiten vida, estimulan al ser humano, levantan el corazón, pero no dan esa profunda transformación por medio de la cual la creatura de este mundo, en el nivel de todas las otras cosas creadas, se transforma nada más y nada menos que en Hijo de Dios, se identifica en el Hijo del Padre, Jesucristo, se reviste del mismo Espíritu de Dios, y comienza una vida nueva, en un bautismo o gesto purificador que lo transforma completamente. Es una nueva creatura, e inicia un nuevo modo de expresarse y vivir. Dios le convierte, de verdad, en auténtico hijo suyo, miembro de su familia, y heredero de su propia heredad. Su vida, transformada en Jesucristo que en la cruz da la vida por los demás, se convierte en luz para todo su entorno, lo piense o no. Creo que aquí, junto a esta pila bautismal de esta humilde iglesia de aldea, está la clave de toda la vida de Catalina Labouré. Lo mismo podríamos decir de todos y cada uno de nosotros. Aquel seno materno de la Iglesia que fue la pila en la que nos bautizaron, dio a luz la creatura nueva, revestida de Cristo, llena en plenitud del Espíritu Santo, y completamente integrada en el Pueblo nuevo o Familia de Dios en la tierra, que es la Iglesia. ¡Cuántas veces se lo habremos agradecido a Dios! ¡Y muchas más nos habremos preguntado a nosotros mismos cómo reflejamos en nuestro vivir tan gran dignidad! Hoy aquí, en esta fuente de la santidad en que bebió Catalina, vamos a renovar gozosos el inmenso regalo que Dios nos hizo con la gracia del Bautismo. Lo hacemos acercándonos todos a la pila bautismal.
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