Introducción
No es ésta la primera vez que se pide a alguien tratar este tema. ¿Cómo
actualizar el mensaje de la Rue du Bac? la preocupación por este enfoque
surgió especialmente a partir de la celebración del 150 aniversario
de las apariciones de la Virgen a Santa Catalina y desde entonces ha sido tratado
repetidas veces por diversos autores .
Al leer algunos de esos escritos he podido constatar, una vez más, no
sólo el riesgo que se corre sino también la tentación
en la que se puede caer cuando se celebran aniversarios de ciertos acontecimientos
y de personajes del pasado. Parecería que se intenta demostrar que en
ellos se encuentran ya anunciados la mayoría de los problemas del presente
y del futuro y, a veces, incluso propuesta la solución.
No quisiera caer yo mismo en una tentación similar al tratar hoy el
tema de la re-lectura del mensaje de la Rue du Bac para nuestro tiempo. Porque
no estoy de acuerdo en que se deduzcan de él las consecuencias y exigencias
sociales, políticas, religiosas etc. por las que abogan algunos de los
autores que tratan de la re-lectura de dicho mensaje en la actualidad. Tales
exigencias y consecuencias habrá que deducirlas de lo que implica para
todo cristiano el seguimiento de Cristo y el despliegue y concreción
de la fe en esas y otras dimensiones de la historia, pero no necesariamente
reclamados y contenidos expresamente en el mensaje de la Virgen a Santa Catalina
y en los símbolos que contiene la Medalla.
Ciertamente que la vida cristiana es una nueva manera global de concebir y
realizar la existencia a semejanza de Cristo, y no una serie de comportamientos
yuxtapuestos sin conexión entre ellos. Pero también es cierto
que puede haber determinadas celebraciones, conmemoraciones, encuentros...
expresamente orientados a cultivar y a poner el acento en una dimensión
concreta de la fe. Sin excluir otras, pero también sin la pretensión
de que todo encuentro, conmemoración y celebración tenga que
tener repercusiones en todos los aspectos de la vida cristiana. Este encuentro,
según el programa propuesto, se ha convocado para conseguir tres objetivos
concretos y se justificará perfectamente si los consigue. Se puede y
se debe hacer una re-lectura del mensaje de la Rue du Bac para nuestro tiempo,
sin que ello signifique que dicha re-lectura tenga que incidir, por ejemplo,
en los problemas que plantea la mundialización, el proyecto de clonación
de seres humanos, el deterioro alarmante del medio ambiente o las redes del
terrorismo internacional. Los devotos de la Medalla Milagrosa no somos ajenos
a esos y otros problemas sociales, económicos y religiosos, etc. Pero
no vamos a pretender que esa devoción, incluso siendo auténtica,
sea el remedio contra el ateísmo y la indiferencia religiosa reinantes,
ni la solución a todos los sufrimientos físicos y morales que
aquejan a la humanidad, ni de los problemas doctrinales, pastorales y morales
que se plantean en el interior de la Iglesia.
Esta extraña y larga introducción me lleva a delimitar el campo
en el que me voy a mover y a exponer los puntos a tratar.
En una primera parte trataré de justificar el porqué es necesario
hacer una re-lectura para nuestro tiempo del mensaje del que fue testigo excepcional
Santa Catalina. Una re-lectura que incluye comprenderlo como lo hace la Iglesia
con las "revelaciones privadas" y desde los aportes de las ciencias
humanas.
En la segunda parte hablaré del mensaje de la Rue du Bac y me centraré en
la Medalla como la concreción privilegiada de tal mensaje.
Y en la tercera parte haré una re-lectura de ese mensaje a la luz de
la carta que el Papa ha dirigido a toda la Iglesia con motivo de la clausura
del año jubilar (6 de enero 2001). En ella señala Juan Pablo
II las líneas fundamentales que deben inspirar todos los proyectos pastorales
en los comienzos del tercer milenio.
Y en dicha re-lectura habrá que tener presente también la identidad
de Santa Catalina y la nuestra en la Iglesia: seguidores de Cristo tras las
huellas de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, es decir, en coherencia
con nuestro carisma específico en la Iglesia.
I. Hacer una re-lectura del mensaje a la luz del magisterio de la Iglesia y
de las ciencias humanas
a) Qué significa hacer una re-lectura
Es volver a leer un relato escrito o un acontecimiento del pasado no como un
simple acto repetitivo, sino desde nuevas coordenadas que nos ayuden a descubrir
o resaltar aspectos o contenidos no descubiertos en lecturas anteriores. Leídos
unos relatos o retomados unos acontecimientos del pasado desde las nuevas y
cambiantes situaciones históricas nos ayudan a descubrir aspectos y
significados nuevos del lenguaje y de los símbolos con que nos fueron
transmitidos en su origen.
Refiriéndonos a la experiencia espiritual extraordinaria que tuvo y
nos transmitió Santa Catalina no se debe olvidar que, como en otros
casos similares, en los relatos se utiliza un lenguaje y unos símbolos
marcados y condicionados por la experiencia personal, la cultura, la situación
social, política, religiosa que rodearon al testigo. Y si el mensaje
está llamado a traspasar esas circunstancias concretas, hay que leer
el relato desde las nuevas situaciones históricas , no para acomodarlo
según nuestro capricho, sino despojándolo de lo que sea circunstancial
para que aparezca más claramente lo que es permanente y esencial al
mensaje por encima de las circunstancias de tiempo y lugar, género literario,
sensibilidad del testigo, etc.
Esas experiencias espirituales, aunque sean dones dados a una persona, acontecen
en la Iglesia y se dan como carismas para el enriquecimiento de todo el pueblo
de Dios. Una Iglesia que, según el concilio Vaticano II, es sensible
y se solidariza con los gozos y esperanzas, con las angustias y tristezas de
los hombres de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y de cuantos sufren
. En la vida de esta Iglesia, en el devenir del mundo, en la nueva reflexión
teológica, en el progreso de la exégesis bíblica y de
las ciencias humanas etc., encontramos nuevas luces que nos ayudan a comprender
mejor el contenido de los relatos originales, expresados frecuentemente en
clave simbólica y de futuro. Por eso hay que re-leerlos a la luz de
estos nuevos hallazgos y vertientes.
El filósofo y pensador cristiano francés, Jean Guitton, en su
libro sobre el mensaje de la Rue du Bac dice: «El lado velado de las
apariciones se ha vuelto más perceptible a finales del Siglo XX ...
Las apariciones de 1830 adquieren un significado más amplio a medida
que pasa el tiempo» . «La iconografía mística de
la Medalla de 1830 es de una naturaleza anticipante y sintética. También
el comentario de la Medalla está por acabar, aún cuando está más
vivo que en 1830» . «El significado de la profecía (de la
Rue du Bac) es precisamente que se reproduce, como una piedra arrojada al agua,
en ondas sucesivas cada vez más anchas; que se repercute, se reanuda,
se enriquece como el tema musical de una sinfonía, en este caso la sinfonía
de los tiempos» . También Madre Rogé, con motivo del 150
aniversario de las apariciones, proponía a las Hijas de la Caridad «hacer
una re-lectura de aquello que la Virgen dijo a Santa Catalina».
b) Postura siempre cautelosa de la Iglesia ante las revelaciones privadas
Las apariciones, especialmente de la Virgen, constituyen un fenómeno
característico de la época moderna. De hecho han sido mucho más
frecuentes que en las épocas anteriores de la historia de la Iglesia.
El origen de varias e importantes corrientes espirituales tienen su origen
en apariciones concretas de Cristo o de la Virgen. Por ejemplo, la devoción
al corazón de Jesús, o los movimientos de devoción mariana
a partir de la Rue du Bac, Lourdes, Fátima, etc.
Es comprensible la actitud cautelosa de la Iglesia ante tan abundantes apariciones
y revelaciones. La historia le ha enseñado a ser crítica y prudente
ante fenómenos en los que cabe la simulación y el engaño.
Por eso exige garantías de credibilidad.
Tal postura cautelosa no es sino la expresión de una doble advertencia.
Una de San Juan: «No os fiéis de cualquier espíritu, sino
examinad si vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han aparecido en el
mundo» . Y otra de San Pablo: «No extingáis el Espíritu,
ni despreciéis la profecía; examinadlo todo y quedaos con lo
bueno» .
La Iglesia pide a los cristianos un asentimiento desde la fe de la revelación
contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición. Con relación
a las apariciones y revelaciones privadas, cuando la Iglesia las juzga fiables
por los testimonios y argumentos que hay en favor de su autenticidad, las permite
como algo que puede ser creído piadosamente por los fieles, pero sólo
con fe humana. La expresión "fe humana" quiere indicar que
las apariciones o revelaciones privadas quedan en un ámbito diferente
al de la fe con la que aceptamos la gran revelación de Dios en Cristo.
Esto significa que cualquier cristiano puede seguir siéndolo aunque
no crea en las apariciones o revelaciones privadas. Esos fenómenos "sobrenaturales",
si son auténticos, guardan relación con la vida cristiana, pero
no entran en el ámbito de la revelación divina sobre la que recae
la fe católica. La Iglesia, propiamente hablando, no aprueba ninguna
aparición o revelación privada. Cuando juzga que hay pruebas
a favor de su autenticidad las permite, las puede recomendar incluso. No se
pronuncia sobre el fondo, sino que discierne si tal aparición o revelación
que suscita un movimiento espiritual contribuye al desarrollo de la vida cristiana.
En caso afirmativo la Iglesia, por medio del ministerio magisterial de sus
pastores, les da "luz verde", el "nihil obstat" para que
puedan ser aceptadas como "objeto de piadosa creencia" .
Tal postura cautelosa de la Iglesia ante los fenómenos sobrenaturales
es prudente y justificable, hoy más que nunca, dada la proliferación
de tales fenómenos y la facilidad con que mucha gente es proclive a
aceptarlos sin el suficiente discernimiento. La inclinación de los seres
humanos hacia lo maravilloso se expresa frecuentemente hoy en la credulidad
ante tantas pretendidas apariciones de la Virgen. Ciertamente, la Iglesia y
la teología admiten la posibilidad de que lo sobrenatural se manifieste
en la historia de los hombres. No se oponen a las revelaciones privadas. Reconocen
que Dios pueda manifestarse, también por María, para poner de
relieve una verdad ya revelada en la Sagrada Escritura, para corregir desvíos
y venir en nuestra ayuda ante determinados peligros. Son signos extraordinarios
de la libre acción del Espíritu Santo en su Iglesia, expresiones
de la dimensión carismática y profética del pueblo de
Dios.
Por otra parte, querer explicar tales fenómenos solamente desde la teoría
de los mitos y por mecanismos del psiquismo de los videntes, o rechazarlos
sólo porque escapan al control de la ciencia, es partir de presupuestos
ideológicos exclusivamente racionalistas, inmanentistas y cerrados.
Pero admitirlos sin un sentido crítico y sin un serio discernimiento
es exponerse a engaños y manipulaciones. Jean Guitton, un intelectual
serio y nada sospechoso ni de credulidad ni de escepticismo, ha escrito: «En
nuestros días, en nuestra época, en que las ciencias humanas
se desarrollan más que nunca, cuando el psicoanálisis, la sociología,
la metafísica y la sicología profunda cambian los límites
entre lo natural y lo improbable, es necesario más que nunca que la
autoridad eclesiástica se abstenga de pronunciar de buenas a primeras
la palabra "milagro" ante esos fenómenos y sus efectos espirituales» .
II. El mensaje de la Rue du Bac
a) Los relatos de la vidente
Santa Catalina transmitió al P. Aladel, primero oralmente cuando ocurrieron
los hechos y por un escrito autógrafo veintiséis años
más tarde, las diversas apariciones que ella tuvo en la capilla de la
Rue du Bac entre los meses de abril a diciembre de 1830: representaciones del
corazón de San Vicente tres días seguidos y en formas y colores
diferentes, visiones de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento
y de Cristo rey y las tres de la Santísima Virgen (18-19 de julio, 27
de noviembre y diciembre).
Todas ellas encierran algún mensaje captado por la vidente. Ella misma
descifró y nos transmitió el significado de los distintos colores
del corazón de San Vicente, de las vestiduras de Cristo rey, de las
posturas y palabras de la Virgen y de los signos de la Medalla.
Las dos primeras "visiones" de la Virgen van acompañadas de
alocuciones. En diálogo de dos horas y media, durante la noche del 18
al 19 de julio, la Virgen comunicó a Santa Catalina los tristes acontecimientos
de orden político, social y religioso que sea avecinaban, los abusos
que se daban en las dos Compañías y la protección especial
que ambas tendrían de parte de la Virgen y de San Vicente.
La del 27 de noviembre, durante la oración de la tarde, tiene dos fases
diferentes aunque estrechamente asociadas. En un primer momento ve a la Virgen
con un vestido de seda blanca y un velo del mismo color que descendía
hasta el suelo. Sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Los pies se apoyaban
sobre media esfera pisando la cabeza de la serpiente; las manos sostenían
una bola rematada con una cruz y los ojos se elevaban hacia el cielo. Los dedos
estaban adornados con anillos de piedras de tamaño y brillo diferentes
que despedían destellos de luz hacia el suelo. Alrededor de la Virgen
se formó un cuadro ovalado con estas palabras en lo alto: «Oh
María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos».
La vidente escuchó la voz de la Virgen que le descifró el significado
de la bola (globo) y de los rayos; le pidió acuñar una medalla
según el modelo de la visión y le expresó el gozo que
siente al derramar abundantes gracias sobre quienes se las piden y sobre los
que lleven esa Medalla con confianza.
La segunda parte de la misma aparición fue la contemplación por
parte de Catalina del reverso de la Medalla. Vio cómo el cuadro se daba
la vuelta y aparecía la letra M y dos corazones unidos por una cruz.
Días más tarde, también durante la oración, Catalina
oyó la voz que le respondía a su preocupación sobre cómo
debía ser el reverso de la Medalla: «La M y los dos corazones
ya expresan bastante».
Santa Catalina guardó silencio sobre esas visiones durante los cuarenta
años de su vida oculta y laboriosa en Reuilly. Excepto el P. Aladel,
en cuanto Director espiritual, desde el comienzo y Sor Dufès, al final
de la vida de Catalina, nadie más supo quién era la vidente de
la Virgen.
b) Una re-lectura de las "visiones" de Santa Catalina
La misma postura cautelosa que ha tenido la Iglesia ante los fenómenos
llamados sobrenaturales (visiones, apariciones, revelaciones privadas) es lícito
y prudente tomarla también ante lo que narró Santa Catalina.
Desde esa postura de la Iglesia se puede hacer una re-lectura, al mismo tiempo
crítica y respetuosa, del mensaje de la Rue du Bac.
La sicología profunda tendría algo que decir al respecto, si
nos fijamos en ciertas circunstancias que se dieron en torno a lo que nos cuenta
la vidente.
El 21 abril de 1830 entró en el seminario. Cuatro días después
tuvo lugar la solemne y multitudinaria traslación de las reliquias de
San Vicente desde la catedral de París a la Capilla en la que reposan
actualmente. Ochocientas Hijas de la Caridad participaron en esa traslación.
Siguió una novena ante las reliquias en la que participó Santa
Catalina. Fue durante la novena cuando vio el corazón del Santo sobre
un relicario que habían colocado sobre el altar de la capilla de la
Rue du Bac. La reliquia expuesta era un trozo del antebrazo, ya que el corazón,
por aquellas fechas, se conservaba en Lyon. La interpretación que Catalina
dio a los distintos colores con que se le presentó ese corazón,
y que ella vinculó con los trágicos acontecimientos inminentes,
la puso por escrito 26 años después y pasados ya esos hechos
trágicos.
El 18 de julio, día de la primera aparición de la Virgen durante
la noche, la Hermana Directora del Seminario habló a las seminaristas
sobre la devoción a los santos y a la Virgen. Catalina cuenta que eso
le inspiró un gran deseo de verla. La directora había repartido
a cada seminarista una reliquia del Santo -un trozo de tela- que Catalina se
tragó. Ella cuenta: «me dormí con el pensamiento de que
San Vicente me alcanzara la gracia de ver a la Virgen». Y seguidamente
narra la primera aparición. Del niño que le acompañó dice: «creo
que ese niño era el ángel de la guarda... porque había
rezado mucho para que me alcanzara este favor» .
Todas estas circunstancias justifican al menos algunas preguntas: ¿Es
auténtica la aparición que narró Santa Catalina? ¿Fue
un sueño? ¿Visión subjetiva u objetiva? ¿simbólica
o real? ¿Vio realmente a la persona de la Virgen o fue un producto de
su imaginación? El mismo Laurentin se hace estas preguntas . Los argumentos
y explicaciones a favor que da este teólogo pueden convencernos o no;
en mi opinión son débiles. Pero él asegura que ha estudiado
seriamente estos temas analizando rigurosamente los documentos y que ha llegado
a la siguiente conclusión: «Las apariciones fueron una experiencia
sincera de Santa Catalina... La autenticidad de su vida confirma la de las
apariciones» , «en todos los casos las estimo auténticas
. El P. Pedro Coste, secretario y archivero de la Congregación de la
Misión (1873-1935), historiador que algunos tacharon de racionalista,
podría encabezar la lista de la opinión contraria . El mismo
P. Aladel en un principio no dio importancia a lo que Catalina le relató.
A partir de la reflexión que en lo referente a las apariciones y visiones
hacen teólogos actuales no sospechosos de racionalismo ni de credulidad,
una re-lectura del mensaje de la Rue du Bac, nos llevaría a esta conclusión.
Santa Catalina tuvo experiencias espirituales extraordinarias. Las visiones
que tuvo del Señor y de la Virgen no pudieron ser corpóreas,
pues su condición de "glorificados" sobrepasa la corporalidad.
Lo cual no significa que no fuesen verdaderas. Se trató de experiencias
sinceras subjetivas que bien pudieran estar estimuladas por causas externas
sobrenaturales. Es decir, que no fueron producidas por la imaginación
de la vidente sino suscitadas por una acción especial de Dios, aunque
también pudiera haberse dado determinada predisposición psicológica
de Santa Catalina. Tales experiencias místicas personales sólo
las pudo percibir y experimentar ella, y no las otras Hermanas que estaban
en la oración comunitaria, pues tales fenómenos espirituales
no se perciben a través de los ojos y de los oídos sino por una
percepción personal interior. Laurentin afirma que «una revelación
privada, aún cuando dé una impresión auditiva, no procede
de vibraciones transmitidas por la atmósfera, captables por un tercero.
Alcanza directamente a la sensación más que a los sentidos, a
la percepción misma más que al órgano» . Se podría
afirmar, pues, que pertenecen no al orden objetivo físico y corpóreo
sino al subjetivo y espiritual.
Por otra parte, hay que afirmar que aunque la Iglesia haya instituido la fiesta
litúrgica y haya aprobado la Medalla, eso no equivale al reconocimiento
de la autenticidad de las apariciones. Significa que en esa devoción
no hay nada contrario a la fe, sino que puede favorecer el crecimiento de la
vida cristiana. Santa Catalina fue canonizada por la santidad de su vida y
no por las apariciones que ella narró.
c) El signo de la Medalla Milagrosa
Bajo el epígrafe "el mensaje de la Rue du Bac" habría
que incluir, lógicamente, todo lo que Catalina contó en los relatos
que escribió sobre las distintas visiones que tuvo en ese lugar. Pero,
de hecho, la historia posterior se ha encargado de concentrar todo ese mensaje
en torno a la Medalla. Las mismas preocupaciones de la vidente, durante su
vida posterior a los hechos, se centraron más en que se cumpliese fielmente
el mandato de la Virgen de acuñar una medalla que en los mensajes recibidos
en las otras apariciones.
Dos hechos nos sorprenden especialmente al enfrentarnos con la Medalla: la
riqueza de los símbolos que contiene y su rápida difusión.
«Supongamos, escribe J. Guitton, que alguien hubiese pedido a un pintor
o a un poeta que haga una Medalla que contenga el máximo de enseñanzas
y al mismo tiempo el mínimo de trazos y de signos, que sea inteligible
para todos los cristianos, cualquiera que sea su cultura... Supongamos que salga
a concurso una Medalla así. Es probable que los resultados hubieran sido
inferiores a los de la Medalla vista en el éxtasis por Catalina. Es difícil
encontrar mayor riqueza que la que contiene y sugiere esta Medalla» .
Uno de los argumentos en favor de la autenticidad de la "visión" de
la Medalla que nos narró Santa Catalina es precisamente la casi imposibilidad
de que esa joven aldeana, inculta o no versada en cuestiones bíblicas
y teológicas, pudiese ser ella la autora de tal invento . En un pequeño
espacio y en una forma minúscula se encuentra en la Medalla toda la
mariología y lo esencial de la revelación cristiana. Una "biblia
en pequeño" y un "catecismo del pueblo" la han llamado
algunos.
Los pasajes bíblicos que, sin forzar los textos ni los símbolos,
nos evocan el anverso y el reverso de la Medalla son: la mujer de doce estrellas,
con la luna a sus pies, y pisando estos, una serpiente, según la describe
el Apocalipsis ; la promesa de un descendiente de mujer vencedor de Satán
hecha ya en el Génesis ; la profecía del anciano Simeón
en el templo: «Y a ti una espada te atravesará el alma» (corazón
traspasado) ; la presencia activa e inseparable de María en el momento
culminante de la obra redentora realizada por Cristo en el calvario (cruz entrelazada
con la M y los dos corazones); el misterio de la Inmaculada Concepción
proclamado en la jaculatoria "Oh María sin pecado concebida";
la función de María como intercesora y distribuidora del don
divino de la gracia como en Caná (globo en las manos y los brazos abiertos
derramando rayos de luz sobre la tierra); Madre del Redentor y de los redimidos
(Iglesia) o la nueva Eva unida al nuevo Adán para el nacimiento de la
nueva humanidad (los dos corazones y la cruz entrelazada con la M, la misma
actitud de brazos y manos abiertos derramando la luz sobre la esfera de los
pies, o en el círculo de doce estrellas como símbolo de los doce
apóstoles etc.).
Como ya dijimos antes, cuando una revelación privada es auténtica
no hace sino confirmar y recordar la revelación Bíblica. En el
caso de la Medalla, es la obra redentora de Cristo - misterio de amor y de
dolor - y la colaboración inseparable de la Madre lo que está representado
simbólica y sencillamente la Medalla.
Una re-lectura actual de la Medalla tendrá que hacer referencia también
a las enseñanzas de la Iglesia sobre la devoción y el culto a
María. Pablo VI publicó la Exhortación Apostólica "Marialis
cultus" (1974) con la finalidad de promover la renovación del culto
a María. En ella aboga por dar solidez a dicho culto centrando la figura
de María en la Sagrada Escritura y en la Liturgia, a la vez que hace
una defensa de las manifestaciones de devoción con las que la honra
el pueblo sencillo. .
Juan Pablo II publicó la Encíclica "Redemptoris Mater" (1987)
como preparación del año mariano de 1988. En ella resalta el
lugar de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia y pone el acento
en su condición de peregrina de la fe como nosotros. Estos dos documentos
de los Papas no son sino el eco de lo que pocos años antes había
enseñado sobre María el concilio Vaticano II en el capítulo
octavo de la Constitución dogmática Lumen Gentium. Una re-lectura
de los símbolos que contiene la Medalla a la luz de estas enseñanzas
de la Iglesia puede contribuir a dar solidez bíblica y a centrar la
devoción de María en el conjunto de la nuestra fe, es decir,
en el misterio de Cristo y de la Iglesia.
Otro hecho que sorprende en la historia de la Medalla es su rápida propagación
entre el pueblo. El 30 de junio de 1832, el orfebre Vachette entregó las
primeras mil quinientas medallas. Había recibido el encargo del P. Aladel.
La vidente, al verla, dijo: «que no se cambie nada y que se propague»,
si bien también expresó su desacuerdo porque no se había
representado el globo en las manos de la Virgen tal como ella lo había
percibido en la aparición . A esa primera tirada siguieron rápidamente
otras, acuñadas no sólo en París, sino en otras ciudades
y naciones. Sólo en Francia, entre 1832-1836, se distribuyeron doce
millones de medallas. Es imposible calcular el número de las distribuidas
hasta hoy en todo el mundo. De hecho, adquirir y llevar una medalla de la Virgen
es sinónimo de una Medalla Milagrosa.
A tan rápida difusión contribuyeron en primer lugar las Hijas
de la Caridad desde sus hospitales y escuelas. En 1836 contó con el
respaldo oficial del arzobispo de París que escribió una ordenanza
en la que exhortaba a todos sus fieles a llevar la Medalla. El 7 de diciembre
de 1838 fue aprobada por el Papa Gregorio XIV.
Pero esto no explica tan rápida y prodigiosa propagación. La
razón primera habrá que ponerla en la necesidad de símbolos
que siempre ha sentido el pueblo sencillo a la hora de expresar la fe. A través
de signos y símbolos pasa de lo visible a lo invisible, lo cual es una
realidad incluso en la celebración de los sacramentos. La sicología
y la misma reflexión teológica vienen resaltando hoy la importancia
de los símbolos para la expresión y encarnación de la
fe. En la Medalla encontró el pueblo unos símbolos claros y sencillos,
como son: el corazón, la cruz, el gesto maternal de los brazos abiertos
que acogen y dan, el bien y el mal, la gracia y el pecado, la alegría
y el dolor. A este propósito escribe Jean Guitton: «La Medalla
consiste en esto: es un símbolo de todo; un signo de unión. Pueden
llevarla el cuerdo y el tonto, el sabio y el ignorante, el creyente e incluso
el no creyente. Ratisbona se burlaba pensando que la Medalla no significaba
nada, y en un instante significaría todo par él» . Y el
mismo autor hace esta afirmación que inspiraría el título
de su libro: «La significación de esos símbolos es la superación
de toda superstición» .
A la rápida y extensa propagación contribuyeron, sobre todo,
las numerosas conversiones y curaciones que se atribuían a la Medalla.
Ese signo que comenzó como preludio e impulso de la proclamación
del dogma de la Inmaculada Concepción (1854), entre el pueblo se propagó como
la "Medalla Milagrosa". No se puede negar el que Dios se haya podido
servir de la Medalla como mediación de su acción y de su gracia
salvadoras. Sin embargo, una re-lectura actual del mensaje de la Rue du Bac
no debe privilegiar el aspecto milagroso de la Medalla. El riesgo de superstición
y de tomarla como objeto mágico es una tentación que puede esconderse
bajo el nombre de "milagrosa". Una re-lectura del mensaje de la Medalla
debería incluir una revisión de ciertas expresiones y devociones
que ponen el acento más en el aspecto milagroso de la Medalla que en
la convicción de ser un signo sensible que nos recuerda y acerca a María
como camino que nos lleva a Cristo, lo mismo que Ella hizo y dijo en Caná: «Haced
lo que mi Hijo os diga» .
Una re-lectura actual del mensaje de la Rue du Bac, concentrado en la Medalla
como su expresión privilegiada, podría asumir estas dos afirmaciones
tan respetuosas como equilibradas. La primera del teólogo R. Laurentin.
Dice así: «La Medalla es un signo auxiliar de la contemplación
y del compromiso. No es un signo obligatorio ni una necesidad para la salvación.
Es uno de esos lazos libres y gratuitos que todo cristiano puede elegir, según
la vía espiritual por la que Dios le llame, entre los medios que mejor
le sirvan para el camino. Se asemejaría a los menudos y gratuitos signos
de amistad: un recuerdo, una foto, una carta guardada en la cartera o en lo íntimo
del escritorio» . La segunda es de Jean Guitton: «Nadie está obligado
a ir a la Rue du Bac, ni admitir que la Hermana Catalina ha visto a la Virgen,
ni que esa Medalla sea milagrosa, que regule los azares, y, mucho menos, que
trastrueque las leyes del cosmos» . Pero el mismo autor escribió un
libro sobre el mensaje de la Rue du Bac para demostrar la necesidad que tiene
la fe de mediaciones externas. La Medalla Milagrosa puede ser una de esas mediaciones.
Intencionalmente, el libro se titula "La Rue du Bac o la superstición
superada".
III. Una re-lectura del mensaje en los comienzos del tercer milenio
Se trata de releer el mensaje de la Rue du Bac a la luz de las nuevas situaciones
que se dan en el mundo y en la Iglesia. Son signos de este tiempo a través
de los cuales Dios nos está hablando. No se trata, como ya dijimos en
la introducción, que desde el mensaje de la Medalla deduzcamos la respuesta
adecuada a todos los retos que nos plantea el tercer milenio. Pero sí se
trata de dejarnos interpelar, de escuchar y tratar de responder a lo que nos
pide la Iglesia como respuesta a las nuevas situaciones. Y ello en conexión
y coherencia con el mensaje de la Medalla, desde una re-lectura de sus símbolos
y significado a la luz de la realidad histórica de los comienzos del
tercer milenio.
¿Dónde tendrá que poner el acento hoy la Asociación
de la Medalla Milagrosa como respuesta a la llamada que Juan Pablo II ha dirigido
a toda la Iglesia en su carta "Novo Millennio Ineunte" (6 de enero
2001)? Porque ser una asociación eclesial significa que vibra con los
gozos y esperanzas, inquietudes misioneras y orientaciones pastorales de la Iglesia.
Y todo esto es el contenido de dicha carta y que el Papa dirige a obispos, sacerdotes,
religiosos y laicos.
Se trata de una carta en la que primeramente Juan Pablo II nos invita a dar
gracias a Dios por las gracias que ha derramado durante el año de celebración
del Gran Jubileo. Pero, además, el Papa mira al futuro y formula unas
líneas de acción que darán un nuevo impulso a la misión
de la Iglesia en el tercer milenio. Para ello pide «emprender una eficaz
programación pastoral postjubilar» . ¿Cuáles serían,
entre las numerosas propuestas de dicha carta, las que tendría que asumir
la Asociación como una re-lectura actual del mensaje de la Medalla?.
Vamos a tratar de agruparlas en dos bloques, partiendo de otros dos momentos
diferentes del mensaje de la Rue du Bac.
a) «Acercáos al pie de este altar; aquí las gracias serán
concedidas particularmente a las personas que las pidan»
Estas son algunas de las palabras que escuchó Santa Catalina durante
el encuentro con la Virgen en la noche del 18-19 de julio de 1830.
En la liturgia católica el altar representa a Cristo. Pues el acercamiento
a Cristo, los medios para lograrlo y cultivarlo y las consecuencias que se
deducen de tal encuentro constituyen la parte central de la carta del Papa
y la primera línea de acción que debe animar todos los proyectos
pastorales de la Iglesia en este tercer milenio.
El Papa anima a «utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia
y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino»; pero
al mismo tiempo nos advierte de la tentación del «hacer por hacer»y
de pensar que los resultados dependen de nuestro esfuerzo y programaciones.
Sin Cristo no podemos hacer nada . Porque «ante los desafíos de
este tiempo no nos salvará una fórmula, pero sí una Persona
(Cristo) y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!» .
Por eso, todo el capítulo segundo de la carta del Papa está dedicado
a la contemplación del rostro de Cristo, porque «los hombres de
nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes
de hoy no sólo "hablar" de Cristo sino en cierto modo hacérselo "ver" .
De ese Cristo contemplado y amado brotará un renovado impulso de la
vida cristiana. Sólo Él es la roca firme sobre la que construir
nuestra vida de creyentes y el que nos invita a continuar su misión.
A partir de esa centralidad de Cristo, todos los programas pastorales deben
priorizar e impulsar la santidad como vocación de todo cristiano desde
el bautismo . Porque «preguntar al catecúmeno ¿quieres
recibir el bautismo? significa al mismo tiempo preguntarle ¿quieres
ser santo?» . Y seguidamente el Papa presenta la oración como
pedagogía de la santidad .
Al comenzar este tercer milenio, el Papa invita a todos los cristianos «a
un renovado compromiso de oración» . Porque ser personas de oración
no es exclusiva de los consagrados. «Se equivoca quien piense que los
laicos se pueden conformar con una oración superficial incapaz de llenar
su vida. Especialmente ante tantos modos como el mundo de hoy pone a prueba
la fe, no sólo serán cristianos mediocres, sino "cristianos
con riesgo". Correrían el riesgo de que su fe se debilitara progresivamente
y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos,
acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas
extravagantes de superstición. Hace falta, pues, sigue diciendo el Papa,
que la educación de la oración se convierta de alguna manera
en un punto determinante de toda programación pastoral» . Por
eso pide que «las comunidades cristianas lleguen a ser auténticas
escuelas de oración» .
Tanto la llamada a la santidad como a ser personas de oración, deben
orientar y modelar la vida de todo cristiano . Dígase lo mismo de la
Eucaristía dominical y del sacramento de la Reconciliación entendidos «no
como simple cumplimiento de un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana
verdaderamente consciente y coherente» . Y ante la posible tentación
de una espiritualidad intimista, individualista y desencarnada, el Papa recuerda
la vertiente ético-social de la fe y del testimonio cristiano, como
exigencias de la caridad y del misterio de la Encarnación de Cristo
.
Todas estas líneas de acción que señala el Papa para toda
la Iglesia del tercer milenio no son ajenas al mensaje de la Rue du Bac. Ciertamente
que la Asociación de la Medalla Milagrosa tiene que fomentar prioritariamente
la auténtica devoción a María. Pero su invitación «acercarnos
a los pies de este altar», «a pedir gracias abundantes» son,
ante todo, una invitación a acercarse a Cristo y a la oración.
Los signos del reverso de la Medalla, en concreto la cruz y la M, confirman
la expresión «a Jesús por María».
La Asociación tendrá que fomentar la auténtica devoción
a María. Y ello implica, en primer lugar, colocarla en el lugar que
ocupa dentro del misterio de Cristo y en el despliegue de la fe cristiana.
Ahí Ella es la perfecta seguidora de su Hijo, la primera cristiana,
peregrina de la fe como nosotros, la que supo hacer de su vida un culto a Dios
y del culto un compromiso de vida. Por eso es un ejemplo para todo discípulo
de su Hijo.
Dos breves observaciones y deducciones en relación con lo que venimos
diciendo. 1ª: La devoción y el culto a María forman parte
del conjunto de nuestra fe. No en vano hay unos dogmas marianos. No es algo
accidental como puede ser la devoción a tal o cual santo. Por eso se
podrá "relativizar" la devoción a determinadas expresiones
marianas (Medalla Milagrosa, escapulario del Carmen, etc.) , pero no la devoción
y el culto a María. 2ª: La Virgen prometió a Santa Catalina
que derramaría abundantes gracias sobre quienes las pidiesen con confianza
y llevasen con devoción la Medalla. Pero eso no equivale a un seguro
de vida temporal o eterno. La Medalla y la repetición de su jaculatoria
no nos eximen vivir como cristianos ni nos libran de los riesgos y peligros
a los que estamos expuestos como los demás mortales. Es de los auténticos
devotos de la Medalla Milagrosa de la Rue du Bac de quienes se ha afirmado
y escrito que tienen "la superstición superada". Ojalá que
esto no sea sólo un buen deseo sino una realidad.
Con varias de las líneas de acción que propone el Papa coinciden
algunos de los desafíos que lanza nuestro Superior General, el P. Maloney,
a los seglares vicencianos: «Sed auténticos creyentes de la palabra
de Dios y cumplidores de ella»; «Sed bien formados»; «Sed
santos». Y refiriéndose en concreto a los laicos de la Asociación
les pide: «Desplieguen una auténtica devoción a nuestra
Señora, a quien la Familia Vicenciana reconoce como Virgen Milagrosa...
Hagan de los respectivos centros locales lugares de oración, de formación
permanente -incluyendo la doctrina social de la Iglesia- de apoyo mutuo de
la fe» .
b) «Sostenía en sus manos una bola que representaba la esfera
terrestre»
Santa Catalina describe su visión de la segunda aparición de
la Virgen -la que ha dado origen a la Medalla Milagrosa- resaltando dos actitudes
de María: presentando con sus manos a Dios el símbolo del mundo
y derramando destellos de luz sobre la esfera en la que se apoyaban sus pies.
Bajo esta frase de la vidente que tomo como subtítulo de lo que sigue,
quiero incluir un segundo bloque en el que se recojan las restantes líneas
de acción que el Papa propone para incluir en todos los programas pastorales
del tercer milenio. Puede ser que tal subtítulo les parezca convencional
y acomodaticio, y tienen razón. Pero en este caso, lo importante no
es el subtítulo sino las prioridades.
Varias de ellas guardan relación directa con nuestra identidad vicenciana,
con la misión que tenemos en la Iglesia y en el mundo. Porque una circunstancia
importante del mensaje de la Rue du Bac es que quien lo percibió y transmitió fue
una Hija de la Caridad, un miembro de la Familia Vicenciana.
Decir Familia Vicenciana es sentirse remitidos radicalmente a los pobres, a
la misión de ser en la Iglesia y en el mundo "apóstoles
de la caridad". Tal es el rasgo principal de nuestra identidad cristiano-vicenciana. ¿Será sólo
algo accidental al mensaje de la Rue du Bac el que la Virgen compartiese con
Santa Catalina, Hija de la Caridad, su dolor compasivo ante las desgracias
que se avecinaban?
La tercera parte de la carta del Papa se titula "Testigos del amor".
Y comienza con estas palabras de Jesús: «en esto conocerán
que sois discípulos míos: si os amáis los unos a los otros» .
Si verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo, nuestra programación
pastoral se inspirará en el mandamiento nuevo que Él nos dio: «amáos
como yo os he amado».
Juan Pablo II, haciéndose eco de las palabras de San Pablo, dice: «Muchas
cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia
en este nuevo siglo, pero si falta la caridad todo sería inútil» .
Ser testigos del amor al comienzo del tercer milenio y en las situaciones que
vive la Iglesia y el mundo se concreta, según el Papa, en una «espiritualidad
de comunión entre todos los miembros del único pueblo de Dios» ,
en el empeño por el ecumenismo y en el diálogo interreligioso
, en la pastoral familiar, vocacional y laical . No resulta extraño
a todo esto la actitud de María ofreciendo a Dios el mundo entre sus
manos y los rayos luminosos que descienden hasta la esfera de sus pies. Esas
esferas y las doce estrellas son símbolos que expresan totalidad y unidad.
Dos afirmaciones del Papa tendrán que tener un eco especial en la Familia
Vicenciana: 1ª: «El siglo y el milenio que comienzan tendrán
que demostrar todavía hasta qué grado puede llegar la caridad
hacia los pobres» . La fidelidad de la Iglesia a Cristo se demuestra
en la opción preferencial por los pobres y en una caridad operante tanto
o más que en una fidelidad a la doctrina. 2ª: «La caridad
requiere una mayor creatividad. Es la hora de una nueva "imaginación
de la caridad", que promueva no tanto y no sólo la eficacia de
las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con
quienes sufren, para que el gesto de ayuda sea percibido no como limosna humillante,
sino como un compartir fraterno... El anuncio del evangelio, aún siendo
la primera obra de caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse
en un mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos
somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las
palabras» .
Por poco conocimiento que tuviésemos de la doctrina vicenciana, seguro
que en todos nosotros, al escuchar estas palabras del Papa, nos han resonado
las de San Vicente. Por ejemplo: la "creatividad" y la "imaginación
de la caridad" no son sino el eco del "amor inventivo hasta el infinito"; "la
limosna que no humille" nos evoca que "al ayudar a los pobres no
hacemos caridad sino justicia"; "la caridad corroborada por las obras" nos
remite al "amor efectivo que se hace efectivo en el servicio integral
a los pobres". Como vemos, es el Papa quien nos está sugiriendo
a los vicencianos cómo hacer una re-lectura del mensaje de la Rue du
Bac.
El globo en manos de la Virgen significa el mundo. Los rayos de luz que se
desprenden de sus manos abiertas simbolizan las gracias. He ahí representadas
otras de las inquietudes y propuestas del Papa: promover en todo el mundo la "civilización
del amor" y la "cultura de la solidaridad". Con ello sintoniza
también el P. Maloney cuando pide a los laicos vicencianos: «Sed
creativos», «sed inventivos en el servicio y ante las necesidades
que descubráis», «haced que las obras de caridad, justicia
y paz resplandezcan en todas las obras de la Familia Vicenciana» .
La Familia Vicenciana la formamos millones de miembros pertenecientes a las
distintas ramas que integran ese gran árbol de la caridad. No es ningún
sueño irrealizable intentar formar entre todos una red de caridad que
envuelva el mundo entero. La unión en red ya iniciada por toda la Familia
Vicenciana para contribuir a erradicar el hambre en el mundo es sólo
una muestra concreta. Ante el desafío de la globalización de
la economía -y lamentablemente de la pobreza- la Familia Vicenciana
quiere asumir el reto de colaborar en la globalización de la caridad.
Los increíbles avances de la informática ¿no nos están
posibilitando y llamando a los vicencianos -en concreto a los millones de miembros
de la Asociación de la Medalla Milagrosa- a "en-redarnos" en
una corriente mundial de caridad creativa en favor de los pobres?
Conclusión
Una re-lectura del mensaje de la Rue du Bac es necesaria si no queremos que
quede circunscrito al reducido marco de un tiempo y lugar. Ciertamente que
la revelación privada de la que fue testigo Santa Catalina no pertenece
a las verdades de la Gran Revelación, pero sí a la dimensión
carismática y profética de la Iglesia.
Una re-lectura tiene que respetar lo esencial del mensaje para no caer en esnobismos
y caprichos en ese intento de actualizarlo. A la vez, su carga de profetismo
nos impulsa a re-leerlo a la luz de los signos de los tiempos, de las nuevas
situaciones y enseñanzas de la Iglesia, de la teología, de la
exégesis bíblica, de las ciencias humanas... si no queremos caer
en esclerosis arqueológica o en fundamentalismos. Desde estos ángulos
hemos tratado de hacer esta re-lectura.
Quizá forzando un poco dos frases textuales del mensaje, -pero creo
que sin introducir nada extraño a los símbolos que contiene la
Medalla- hemos puesto el acento en la coherencia de esos símbolos con
las líneas de acción que ha propuesto el Papa para que sean incluidas
en los programas pastorales de todas las comunidades eclesiales. La Asociación
de la Medalla Milagrosa es una de ellas. Será bueno que terminemos la
conferencia reiterando nuestra confianza en la poderosa intercesión
de la Virgen de la Medalla Milagrosa y pedirle la gracia de que la Asociación
sepa concretar esas líneas de acción que ha marcado el Papa para
la Iglesia del tercer milenio comenzado.
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